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lunes, 21 de febrero de 2022

No puede ser


 No puede ser

No puede ser

que un día estés y, al otro, nada.


No puede ser que

 no vayas nunca a volver.


No puede ser

que todo se quede en

 un nombre,

unos recuerdos, 

una punzada en el corazón,

un vacío en las entrañas,

un eco mudo en los oídos...

No puede ser


¿A dónde fueron tus pasos,

tu voz,

tus ilusiones,

tu impulso,

tu fuerza,

tus proyectos,

tu amor,

tus sentimientos,

tus contrariedades,

tus miedos...?


¿Dónde me esperan tus abrazos?


¿Y dónde hallaré tu mano 

cuando tropiece?

¿Sobre qué hombro la posarás ahora?

¿A quién  la apretarás con firmeza,

con la energía y presión que aún siento en la mía?


¿Qué faenas te has buscado en otros lares?

Si aquí te quedaban tantas...


No puede ser...

Pilar Ciutad



Por eso, porque no puede ser... familiares, amistades y personas que le conocieron y aprecian nos reuniremos bajo la carrasca de casa Albañil, el árbol que tanto amó, para abrazar su recuerdo y su vida


Nos vemos en Troncedo el 26 de marzo de 2022 a las 12:00. 


sábado, 2 de febrero de 2019

Matilde, hija de la emigración


El pasado 13 de enero falleció mi prima Matilde Lascorz Lacambra. Había nacido en 1932 así que en marzo próximo hubiera cumplido 87 años,. Pertenecía a la primera generación de hijos del masivo éxodo migratorio de los pueblos aragoneses a Cataluña. Sus padre, Antonio Lascorz, era originario de la aldea de Tricas (hoy engullida por el bosque)  y se había  criado en otro lugar de Sobrarbe que hoy también está abandonado e igualmente confundido entre la maleza,  Lacort. Su madre, Rosalía Lacambra, era de casa Albañil de Troncedo  y siendo prácticamente una niña fue a servir a Barcelona. Ambos se conocieron allí, en el Centro Aragonés de la ciudad condal, lugar de encuentro dominical para todos aquellos aragoneses desplazados a la urbe. Matilde y su madre  vivieron la guerra civil solas en una portería de l’Eixample pues Antonio había sido movilizado  al  frente y después, hecho prisionero. Por si fuera poco, un hermano de su madre, el tío Miguel, cansado de una guerra que no entendía ni encajaba con su bonhomía natural, abandonó la lucha en el fragor de la batalla del  Ebro y fue andando hasta Barcelona, donde Rosalía lo mantenía escondido en la portería. Fueron tiempos muy difíciles, en los que más de una vez madre e hija tuvieron que recurrir a robar algo de comer por las huertas de las afueras de la ciudad. Precisamente la última vez que la vi, tuvo fuerzas para dar un paseo por las inmediaciones de su casa, en el Paseo San Juan, llegando justo hasta la esquina donde a principios de siglo XX se levantó la fábrica de automóviles Elizalde, que durante la guerra fue colectivizada y destinada a la fabricación de bombas de aviación. Allí nos recordó el miedo pasado durante los bombardeos vividos muy de cerca pues su portería hacía esquina con la calle Córcega, justo en la acera de enfrente de la fábrica, objetivo de la armada italiana que colaboraba con Franco.

A pesar de todas estas vicisitudes, mis tíos se labraron una vida y pudieron dar un  buen porvenir a su hija. Ella fue la primera mujer de la familia que estudió y que tuvo una carrera profesional, un hito que no puedo dejar de reseñar por ser el eslabón familiar que conforma la cadena de conquistas en la emancipación de las mujeres españolas  en el pasado siglo. Primero ejerció de comadrona para pasar después al laboratorio del Hospital Sant Pau donde desarrolló una larga trayectoria como analista. Fue una mujer muy activa y jovial, “de buena encontrada” como decimos por estos lares, activa e interesada en la cultura, la actualidad y la política hasta el último día.

Cataluña le dio muchas oportunidades a esta parte de la familia emigrada pero ellos también le aportaron toda una vida de sacrificio, esfuerzo y amor por la tierra de acogida, un intercambio común a todos los miles de emigrantes de Aragón y de otros lugares de España, décadas de simbiosis entre las personas y los territorios que duele mucho apreciar cómo obvian muchos discursos simplistas en la actualidad. Matilde era muy catalana pero nunca olvidó de donde venía y ha vivido estos últimos tiempos con la inquietud y el enojo con el que toda persona lúcida y bien informada  como ella podrá comprender fácilmente.

Conocida y apreciada, me consta, por todos los de Troncedo que acabaron recalando en Barcelona y que, con frecuencia, visitaban a sus padres para charlar animadamente sobre los temas y las personas de estos lugares de Sobrarbe. De paso también, aprovechaban para pedir consejo al Dr. Cebolla como cariñosamente se conocía a mi tío Antonio, por su sabiduría autodidacta en temas de alimentación y medicina natural. Matilde nunca perdió  el vínculo con el pueblo, la casa y la familia de su madre.

Descanse en paz, mi querida prima a la que tengo que agradecer el descubrimiento de muchos lugares y experiencias en mi vida. No recuerdo ahora el momento preciso pero estoy segura que la primera vez que vi el mar, lo haría de su mano y el primer baño en aguas mediterráneas, eso sí que lo guardo en mi memoria,  también fue en su compañía.



No te acerques a mi tumba sollozando.
No estoy allí. No duermo ahí.
Soy como mil vientos soplando.
Soy como un diamante en la nieve,
brillando.
Soy la luz del sol sobre el grano dorado.
Soy la lluvia gentil del otoño esperado
cuando despiertas en la tranquila mañana.
Soy la bandada de pájaros que trina.
Soy también las estrellas que titilan,
mientras cae la noche en tu ventana.
Por eso, no te acerques a mi tumba sollozando.
No estoy allí.
Yo no morí

Poema  que Matilde había enviado poco antes de Navidad a sus personas queridas. Una muestra de la lucidez y serenidad que mantuvo hasta el último suspiro.
Pilar C. Lacambra


miércoles, 10 de agosto de 2011

Prueba de vida

"El cementerio da buena prueba de la vida de un pueblo" Con esta sentencia tan contradictoria me sorprendía recientemente Carlos Buetas en su visita a Troncedo."No hay nada más desolador que llegar a un pueblo abandonado y encontrar más abandonado todavía, cuando no profanado, el cementerio de la localidad". Esta es una reflexión sentimental pero avalada por la ciencia pues no en vano el culto a los muertos se considera como uno de los hitos que marcan la línea de la "humanización" en la evolución de las especies. Por eso, como todos los San Lorenzos desde hace nueve años, me he acercado esta mañana a nuestro cementerio para corroborar que el cuidado y adorno de las sepulturas constata la vida de Troncedo, el respeto por todos aquellos cuya existencia ha dado ser y sentido a las nuestras, tanto si se fueron demasiado pronto como si lo hicieron después de cumplir un largo y completo ciclo vital. Por todos ellos, por su recuerdo, celebraremos unas nuevas jornadas festivas en familia, con amistad y armonía. Por ti, mamá.