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miércoles, 13 de agosto de 2025

Cuadernos de dibujo (Encuentro con Mila Dolz)

 
En el marco de los que han sido nuestros II Encuentros de Cultura y Amistad en Agosto, en la tarde del jueves 7  tuvimos el lujo de contar con la presencia de Mila Dolz, zaragozana, amiga y actualmente profesora de dibujo en la Escuela de Artes de Palencia. Mila se desplazó generosamente hasta Troncedo para ofrecernos una interesante charla sobre Cuadernos de Dibujo, que es como a ella le gusta denominar a la  actividad de ir realizando bocetos  de los lugares (y personas) por donde pasamos. Ella prefiere esta denominación porque es un concepto más amplio, íntimo y personal, que no se limita  a las estrictas reglas del movimiento Urban Sketching.

Después de una somera explicación sobre en qué consiste este movimiento, la dimensión que tiene y ofrecernos algunos ejemplos de la diversidad de estilos de algunos de los sketchers más célebres, nos dio unas pautas para animarnos a no tener miedo.

"No hay deber en el arte porque el arte es libre"  V. Kandinsky


 En una segunda fase, los asistentes nos distribuimos por rincones del pueblo para ir llenando de color y de nuestras interpretaciones los cuadernos en acordeón que ella misma nos había facilitado.

 Una experiencia que resultó interesante para todos los participantes, desde los más pequeños a los más talluditos. Fue un verdadero goce tanto para los dibujantes como para las personas que se los iban encontrando por las calles.

Si queréis conocer más sobre el trabajo de Mila, os recomendamos seguirla en su perfil de Instagram 

Una pequeña muestra de nuestros dibujos

Los y las asistentes tomamos buena nota de los consejos de Mila, especialmente aquel de: 

Cuando te aburras, dibuja.





ÚLTIMA HORA: Nos llegan noticias de que algunos/as de las participantes, incluso las más jóvenes, ya están poniendo en práctica estos consejos...















jueves, 14 de diciembre de 2023

De tejas, libros, y contadores de historias: Severino Pallaruelo y Ramón Rami



“Cada teja de mi pueblo explica el mundo”. 
 Recordé una vez más este proverbio el pasado sábado 9 de diciembre en el primer encuentro del club de lectura.

 Severino Pallaruelo, nuestro sabio y amable invitado, nos explicaba cómo había pergeñado la redacción del libro en torno al cual nos habíamos convocado, Pirineos, tristes montes. Su afán se centraba en mostrar el alma de los montañeses, vecinos y coetáneos, a quienes había observado y escuchado y con los que había compartido vivencias desde su primera infancia. Y todo ello con la convicción de que no eran distintos de los habitantes de otros lares, que las penas, alegrías, deseos, ilusiones… también las miserias, no dejan de ser siempre las mismas en cualquier comunidad humana, por lejana y ajena que nos parezca.  Como, por ejemplo, el relato de ese solterón empedernido al que le faltaron cinco minutos para sacar a bailar a la moza que le ponía ojitos, los mismos cinco minutos o el pequeño empujón que nos ha faltado a todos alguna vez para llegar a hacer o decir algo que luego lamentaremos no haber hecho o dicho nunca.


L
a sesión resultó amena y entrañable. Severino tenía muchas cosas que contar, haciendo gala de la sensibilidad y profundidad con la que aborda la investigación sobre territorios y gentes que le son (le somos) tan próximos a su historia personal. A la vez el auditorio respondió como sabemos hacerlo en este pueblo, con mucho interés y aportando sus propias impresiones y experiencias. Y, como anécdota, destacar la sorpresa que manifestó el autor por la alta participación de lectores varones. Es harto conocido que la presencia femenina en los clubs de lectura generalmente es mayoritaria. Así que, enhorabuena, zagales, contamos con vosotros para la siguiente sesión. Pronto anunciaremos fecha y “deberes”.

...


Pero, en coherencia con lo anterior, no quiero dejar de decir algo. Escribo esta reseña a las pocas horas de recibir la noticia del fallecimiento de quien ha sido un gran amigo, un gran vecino y un maravilloso relator de lo que cuentan las tejas (losas) de nuestro pueblo, mi querido Ramón Rami Salinas. Han sido muchos años de confidencias, colaboración y difusión de las historias próximas, las que hemos dejado negro sobre blanco en los boletines de El Caixigar, las que nos hemos contado más íntimamente y las que, por desgracia, se han quedado por contar. Ramón tenía una memoria prodigiosa y un admirable interés por sacar a la luz sus recuerdos, rescatar personajes, tradiciones, anécdotas… de la vida del siglo XX en Troncedo. A veces, se preguntaba si, a pesar de su empeño, todo ello no acabaría cayendo irremisiblemente en el olvido. Yo siempre le dije lo mismo, dejar ese testimonio ha sido fundamental. Quién nos dice que, cuando ya no quede ningún testigo directo de esos modos de vida, no aparezca alguien interesado en conocerlos de primera mano y agradezca que él se hubiera tomado el trabajo de contarlo. Incluso que, todo ese material, pudiera llegar a servir de documentación para escribir un libro de relatos como los de Severino o una novela de época o una película…

En algún momento de la sesión del sábado, afloró la idea de que la  Historia no se circunscribe al relato de grandes hazañas o batallas, ni a las biografías de grandes personajes; si no cuenta las pequeñas historias de quienes la han soportado sobre sus espaldas no merece recibir tal nombre. Y para poder integrarlas en el verdadero relato histórico se necesitan muchas personas como Ramón, que tan generosamente nos han dado su tiempo y su voz para que no ocurra lo que él tanto temía, que llegue el olvido. Eso no pasará en Troncedo gracias a él, os invito a releer las numerosas páginas en las que nos ha contado la vida cotidiana de nuestros padres y abuelos, haciéndonos partícipes del alma de estos parajes que ahora no
s sirven de espacio de relax y encuentro. Cada vez que alguien pase una página, los recuerdos y el recuerdo de Ramón cobrarán nueva vida.

 Hasta siempre, amigo.

Ramón Rami Salinas





martes, 20 de octubre de 2020

Fendo pan



¿ Y si femos pan esta tarde, zagalas? Dicho y hecho. Con esta sencilla proposición realizada por el experto en la materia, Ramón Rami, nos programamos rápidamente un taller de elaboración del pan a la manera tradicional. No precisamos más que 2 kg. de harina, 2 pastillas de levadura (aportadas por el panadero), tres cucharadetas de sal y las ganas de hacerlo.


Una tarde de sábado muy nutritiva en todos los aspectos. El literal, pues como no podía ser de otra manera, degustamos todos los presentes en el salón, el delicioso producto, un pan que sabía a pan, como el de los sabores de nuestra infancia, y también la nutrición espiritual, pues la colaboración, la camaradería, el aprendizaje y las bromas que se cuelan entre medio son un alimento tan necesario como el del cuerpo. Si además al final lo acompañamos de un buen queso de Radiquero y una copa de vino del Somontano... ¿qué más se puede pedir en esta velada otoñal?


     








lunes, 2 de septiembre de 2019

Adiós, Juanito, adiós


Adiós, Juanito, adiós.

Te vas pero te quedas
aquí, entre nosotros,
donde gustabas,
haciendo lo que amabas.

Te quedas pero te vas,
a paso ligero, erguido,
con alegría, con determinación, 
como tú eras.

Lo que no sabes,
ni siquiera imaginas
es el gran vacío que dejas,
tan grande como el espacio que llenabas
y que ahora sólo ocupa la tristeza.

                               Adiós, Juanito, adiós.




No tenemos palabras para expresar la conmoción que embarga a todo el pueblo de Troncedo tras la trágica desaparición del amigo, del buen amigo, Juan Olacia Viu. Ya nada será lo mismo...

P.C.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Cuando un amigo se va ...

Plantación de árboles. Marzo de  2007

"Donde tú te encontrabas bien era ayudando a los demás a conseguir sus objetivos".

 Esta frase, extraída de la despedida que su hijo Raúl ha colgado en Facebook es una afirmación que, estoy segura, suscribimos todos los troncedanos y troncedanas.José Mariñosa con su discreción habitual, sin hacer alarde de nada, sin ruido y sin polémica, siempre ha estado a punto para colaborar en todas las iniciativas que unos u otros proponíamos. Su legado queda entre todos nosotros, no sólo en el recuerdo sino también a la vista...

Porque cuando los paseantes se detengan  bajo los plátanos de sombra en el cruce de la carretera con la pista de San Ángel para resguardarse del sol y admirar el paisaje, el rumor de las hojas movidas por el viento nos evocará el mimo con el que se plantaron y la presencia de José en esos cuidados (sugiero que pongamos en ese mismo punto algún banco para favorecer los momentos de deleite y nostalgia).

De la misma manera podríamos hablar de los árboles frutales que en los últimos años ha ido plantando por distintos rincones del pueblo que, con los cambios de colorido y forma, nos volverán a traer su viva presencia.

Casa Mariñosa, un magnífico ejemplar de la casa tradicional del lugar.

Y cada vez que subáis a la plaza, al pasar por delante de casa Mariñosa, no dejéis de fijar la mirada en su puerta; será la ocasión propicia para volver a recordarlo a través de una muestra concreta de lo que fue su buen hacer profesional en una larga y reconocida trayectoria laboral.


Sé que no me equivoco cuando afirmo que todo Troncedo quería a José o, mejor, a Joseré de Mariñosa. Todos estamos tristes porque vamos a sentir su pérdida, por lo mucho que  nos duele que no haya podido disfrutar de sus años de jubilación de la manera que tanto anhelaba, porque todos nos quedamos mermados sin su presencia amistosa y conciliadora, porque pocas veces una canción ha dicho verdad más grande que aquello de "algo se muere en el alma cuando un amigo se va"...

Personalmente, quiero quedarme con una imagen que me trae recuerdos de una noche animada y feliz de junio de 2011. Cada vez que la miro revivo lo arropada que me sentía entre esos "tres chicarrones del norte" que no le tenían miedo al frío de la madrugada. Ese mismo frío que se ha infiltrado en mi corazón desde que me llegó el mensaje de que ya no podré repetir esta foto.


¡Hasta siempre, querido amigo!

De izda. a dcha., José, Miguel, Pili y Quino

P.C.



lunes, 2 de septiembre de 2013

Libros de aquí y de allá




Cuando una joven compañera me recomendó este libro no podía adivinar hasta qué punto iba a interesarme. No es la típica lectura que me gusta emprender en verano, me inclino más por novelas gruesas y densas que abundan en personajes apasionantes  y en tramas entrelazadas de tal manera que te “enganchan” sin encontrar el momento de abandonar la historia, ya sea a costa de robar el espacio a la deliciosa  siesta veraniega o las horas al sueño nocturno. Son ese tipo de lujos que sólo se pueden alcanzar  en vacaciones, libres de horarios y obligaciones ineludibles. Pero “Los desorientados”, título que encierra sutilmente un doble sentido, no es precisamente ese tipo de novela, no se puede leer ligeramente. Exige una concentración  y un ritmo pausado que permita asimilar y digerir las  profundas reflexiones que el autor va dejando caer. Lo que parecía una trama  más o menos previsible de  un grupo de amigos que se reencuentran después de los años, con las correspondientes  dosis de nostalgia, afectos y desafecciones, cuentas pendientes por cerrar  y diversas peripecias vitales marcadas por la guerra, se transforma en muchos pasajes en un lúcido ensayo  sobre las claves del mundo actual, los fundamentos históricos y azarosos que nos han llevado a donde estamos y en  una inquietante premonición de lo que este siglo XXI nos depara. “El siglo XX ha sido el de las monstruosidades laicas; el siglo XXI, será todo lo contrario, la vuelta al palo (…) El comunismo sometió a los hombres en nombre de la igualdad; el capitalismo los somete en nombre de la libertad económica”. Menos mal que en algún momento de la lectura, el autor también nos reconforta con otra cita: “Más vale equivocarse en la esperanza que acertar en la desesperación”, ¿quizá porque está deseando profundamente no acertar en sus vaticinios? Por si todo esto no fuera bastante, también el libro es un buen tratado sobre la infancia perdida y las sinceras amistades capaces de resistir los embates de la distancia, el tiempo y la decepción sin dejar de apuntar algunas reflexiones sobre otros aspectos de la condición humana.
Llegados a este punto alguien estará pensando qué relación tienen este libro y esta reseña  con Troncedo, aparte de que haya sido el entorno en el que se ha abordado su lectura. Pues tienen mucho que ver. Primero, porque aunque la historia se desarrolla en un lugar de Oriente Próximo que, por cierto, no se nombra en las más de 500 páginas de texto, los temas que aborda son de orden mundial y todos los que habitamos bajo las tejas de los tejados de este planeta llamado Tierra nos vemos y nos veremos directamente “tocados” por los conflictos políticos y religiosos que se tratan; y segundo, más trivial pero muy cercano, tiene que ver con algunas conversaciones mantenidas en las tertulias veraniegas de por aquí, en las que uno de los temas recurrentes suele ser la relación entre algunos de los habitantes de hecho de nuestros pequeños pueblos (los nuevos pobladores) y los que nos consideramos habitantes de derecho, por descender precisamente de los antiguos pobladores, aunque la realidad sea que aparecemos por aquí sólo en vacaciones y fines de semana.

En la página 403 se puede leer un consejo  que no me resisto a copiar literalmente:
“Cuando estás afincado en un pueblo, vale más no dar impresión de autarquía y de que no se necesita a nadie. Porque en tal caso enseguida se hace uno enemigos y tiene mala reputación. A la gente le entran, forzosamente, curiosidad y cierta desconfianza cuando se entera de que han venido a instalarse cerca de ellos unos forasteros. En un pueblo enseguida se pone en marcha el molino del chismorreo. Que esa buena mujer, Olga, tenga las llaves del monasterio, venga aquí de vez en cuando con su marido o con su hija, o con su hermana, o con una vecina, lo cambia todo. También nos hace los recados. Las personas de los alrededores – los granjeros, el tendero de ultramarinos, el panadero, el carnicero- están convencidas de que nuestra presencia es una bendición, y no sólo porque recemos por ellas.
Este principio lo aplicaba ya en la época en la que me encargaba de obras públicas. Cuando llegábamos a una ciudad pequeña, quienes llevaban la gestión del proyecto intentaban a veces explicarme que sería más práctico y más barato traérnoslo todo nosotros. Y yo, en todas las ocasiones, les decía: ¡No! ¡Id al mercado, comprad todo lo que haga falta y no os andéis con regateos en el precio! La gente tiene que consideraros un chollo y echaros sinceramente de menos cuando os vayáis.”
Estas palabras las dice un antiguo ingeniero de éxito reconvertido en monje de un monasterio cristiano ortodoxo perdido entre las montañas de algún lugar del Líbano pero ¿a que bien podrían haberse pronunciado en la terraza del bar de Troncedo mientras esperamos la puesta de sol con una cerveza en la mano? Es una de las grandes virtudes de los libros, descubrirnos que, a pesar de las diferencias culturales geográficas y temporales, todos somos muy parecidos.

 “Los desorientados”, Amin Maalouf, Alianza Literaria

En Troncedo también andamos un poco "desorientaus" de tanto mirar a occidente