Mostrando entradas con la etiqueta mujeres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mujeres. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de noviembre de 2020

Un día para el recuerdo

 



Pilar Lacambra Garcés, en la década de los 20 del s.XX
Ha sido éste un día de los difuntos muy anómalo. En el cementerio de Troncedo no ha habido el bullicio habitual de otros años a causa de las medidas sanitarias a las que estamos sometidos en todo el país pero, sorprendentemente, nadie ha olvidado a los suyos. De alguna manera, todas las familias se han organizado para que las sepulturas lucieran limpias y tanto las flores frescas como las lámparas encendidas no faltaran en un día como hoy. En estas circunstancias quiero traer al recuerdo a Pilar Lacambra Garcés, una tía de cuya existencia y triste desaparición no tuve noticia hasta bien cumplidos los veinte años cuando su hermana mayor, Rosalía, me enseñó esta foto que es el único testimonio que queda de su paso por el mundo. No es extraño que mi madre, Balbina, la hermana más pequeña, no me hubiera hablado nunca de ella, en contraste con las veces que llegó a nombrar a su padre Antonio y a su hermano Miguel Lacambra, fallecido también prematuramente como consecuencia de una enfermedad contraída durante la guerra. Pero es que Miguel era su hermano adorado, su referente a lo largo de toda la infancia y por el que compartió el sufrimiento familiar durante los años de guerra así como la dolorosa agonía después de su vuelta a casa. Pero a Pilar creo que ni la llegó a conocer o, en todo caso, cuando volvió a morir al pueblo, mi madre sería todavía un bebé, de tal manera que no tenía motivo para recordarla. 


La niña, de carita redonda y rasgos inequívocamente familiares que esboza una tímida sonrisa en esta foto de estudio,  tenía sólo trece años cuando volvió a casa para morir, enferma de tuberculosis. Estaba sirviendo como criada* en alguna casa rica de Barcelona cuando contrajo la enfermedad que sería poco después del día en el que con tanta ilusión habría ido a hacerse este retrato para enviar a sus padres. Ataviada, con toda seguridad, con su mejor vestido, una sencilla batita de cuello babi, No tengo datos para saber con qué edad se desplazó a la ciudad condal pero evidentemente,  muy niña. El destino se cebó con ella. Como a tantas, nacer mujer en el seno de una familia campesina de un pueblo de montaña a principios del siglo XX, salvo excepciones, la abocaba a una vida de servicio a propios y extraños que se iniciaba en el momento en el que eran mínimamente autónomas. Para algunas, por paradójico que parezca, si esta condena recibida en la misma cuna les empujaba a la emigración a una gran ciudad, con el tiempo llegaba a convertirse en una oportunidad de liberarse aunque fuera mínimamente. Fue el caso de su hermana Rosalía que, por lo menos, pudo elegir libremente un marido que la cuidó e hizo feliz durante toda la larga vida de ambos, y escabullirse del matrimonio concertado que, cómo no, también le había programado la familia. Su hermana, esta tía tan desconocida para las generaciones posteriores, tuvo la peor de las suertes. Descanse en paz.

Miguel Lacambra Garcés, 1915-1941




 
 * Para saber un poco más sobre las condiciones de vida de las criadas en Barcelona en los tiempos en los que la tierna Pilar estuvo por allí, os remitimos a un artículo de Joan Mannet i Pesas "La revuelta de las criadas" del que nos hicimos eco en El Caixigar nº 13, de junio de 2016.

P.C.


sábado, 12 de septiembre de 2020

El luto también tenía género


Rebuscando fotos para la exposición que prepara la Asociación Castillo de Troncedo  me he encontrado con esta foto en la que aparecen mi prima Matilde con su hijo Clemente en brazos, mi abuela Manuela y mi madre, Balbina. La foto debe ser del verano de  1964. Mi abuela y mi madre, totalmente enlutadas por el fallecimiento de Antonio, el albañil, hijo y hermano respectivamente de ambas. Al toparme con la imagen, me ha recordado muchas otras de mujeres enlutadas, tan frecuentes en mi infancia. De hecho, la única estampa de mi abuela que mi cabeza conserva es la de la foto, una mujer pequeña, enjuta, arrugada, de expresión dura y vestida íntegramente de negro, de pies a cabeza. Pero no era un caso excepcional, a partir de cierta edad que a veces era muy temprana, las mujeres se ponían de luto y, en el peor de los casos, la vida (y la muerte) ya no les daba ocasión para el color, literal y metafóricamente. Primero, era por un abuelo, un padre, una madre... después el marido, y eso contando que no hubiera ningún hijo entre medio. Al final... ya no era edad ni había ánimo (ni dinero) para otras ropas. Y más de una se quedó soltera al encadenar varias pérdidas familiares que, durante varios años, los del luto, le impidieron asistir a verbenas, meriendas o cualquier otro encuentro social. 

Y es que el luto por la muerte de un familiar era una norma social incontestable, había obligatoriedad de mostrar públicamente la pena por una pérdida cercana y reciente.  Y todavía más en las zonas rurales, una costumbre que no comenzó a aligerarse hasta bien entrada  la década de los 70 del siglo XX.  Aun hoy en día,conservamos muchas costumbres en los sepelios oficiales, como es el vestir de color negro, dar el pésame a la familia o dejar de asistir a algún tipo de festejo (aunque esto cada vez menos). Pero es bueno recordar que el luto no siempre ha sido igual en España. De hecho, el protocolo a seguir en caso de muerte fue decretado por los Reyes  Católicos. Ellos fueron los primeros en imponer el color negro  tras el fallecimiento de su hijo el príncipe Juan, ya que antes se vestía de blanco en estas ocasiones, tradición que databa del s.II en Roma. Igualmente sus católicas majestades marcaron que los entierros debían ser recatados, sin un exceso de gritos y lloros (prohibieron la contratación de plañideras) aunque impusieron unas condiciones tan exigentes que el Concilio de Toledo lo reprobó, y fue Felipe V quien definió un nuevo protocolo. Uno de estos cambios los encontramos en el primer año de luto de la viuda, que debía habitar en una habitación tapizada de negro, con las ventanas cerradas y sólo pasado ese año podía incorporar elementos de decoración en tonos más claros.

Después del Concilio, el color negro en el hogar se limitaba a las alfombras y las cortinas. Esta nueva pragmática incluso indicaba que alrededor de la cama mortuoria debían encenderse exactamente ocho velas o qué tipo de tejidos debían vestirse. Con el paso de los siglos, estas costumbres se han ido perdiendo paulatinamente y las mujeres han sido las grandes beneficiadas, pues eran las más perjudicadas, obligadas a guardar el luto de forma mucho más visible y durante largos años si no llegaba a ser, como se ha dicho,  a lo largo de toda su vida. El protocolo estaba muy regulado:

 - Por la muerte del esposo o esposa, el cónyuge llevaba luto riguroso dos años más seis meses de alivio de luto, para relajarse del negro.

- Por la muerte de un hijo, los padres llevaban dos años de riguroso luto más seis meses de alivio, también.

- Por la muerte del padre o de la madre, los hijos llevaban luto un año más seis meses de alivio de luto.

- Por la muerte de un hermano, los hermanos guardaban seis meses de luto riguroso.

- Por la muerte de los abuelos, los nietos guardaban seis meses de luto riguroso más tres meses de alivio.

- Por la muerte de un tío o tía, los sobrinos mantenían tres meses de luto.

El luto riguroso consistía en permanecer apartado de la vida social, ir ataviado de negro y en alejarse de toda actividad de ocio. La clausura en la vivienda duraba tres meses en el caso de las viudas o hijos del fallecido/a. Pasado el transcurso de luto, se pasaba al medio luto, en el que se llevaban colores apagados como el gris o el malva. 

El luto también tenía género. Teniendo en cuenta la alta mortalidad infantil durante la primera mitad del siglo XX y los hijos perdidos en la guerra, es fácil explicarse por qué todas aquellas mujeres mayores de nuestra infancia iban siempre enlutadas, en la ropa y en el corazón. Porque el luto riguroso se cebaba, cómo no, mucho más con ellas, obligadas a vestir de negro de la cabeza a los pies, incluida  la ropa interior, los complementos y las joyas (si las tuvieren). Las únicas piedras que las mujeres podían lucir eran el azabache, la amatista y el ónice, por tratarse de piedras oscuras. Pasado el primer año, los hombres, en cambio, portaban una cinta negra en la manga o en las solapas de la chaqueta. En ambientes urbanos y de clase social acomodada, la cinta negra se colocaba en el sombrero.

Al margen de los signos externos, otro apartado lo constituirían los ritos religiosos y las tradiciones de enterramiento que también estaban estrictamente reguladas. En el último ejemplar de El Caixigar, había un artículo en el que se describía con detalle la organización de la Cofradía del Santísimo Sacramento que se ocupaba de estos menesteres. 




 

domingo, 21 de julio de 2019

Manos (y voces) de mujer

Difícil elegir una canción entre todas las que Alba Mur y Eva Pons dejaron reverberando por las paredes de la iglesia de Troncedo el pasado 22 de junio. Una primera parte dedicada a la canción sefardí y una segunda parte compuesta por una magnífica selección de canciones de autor en español de uno y otro lado del océano constituyeron un inolvidable concierto que concluyó con un  emotivo broche de oro que merece comentario aparte.

Esta hermosa versión de un tema de la colombiana Marta Gómez que Alba nos dedicó a todas las mujeres de Troncedo da prueba de todo lo anterior. Gracias.



 Una canción que habla de esas manos  infatigables de madres, hijas, hermanas y abuelas que, a lo largo de los siglos, han ido sosteniendo y construyendo el mundo, la mayor parte de las veces en un silencio forzado.

 Mano fuerte va barriendo, pone leña en el fogón
 mano firme cuando escribe una carta de amor
 manos que tejen haciendo nudos
 manos que rezan,
 manos que dan,
 manos que piden algún futuro pa' no morir en soledad.

 Mano vieja que trabaja va enlazando algún telar,
 mano esclava va aprendiendo a bailar su libertad,
 manos que amasan curtiendo el hambre con lo que la tierra les da,
 manos que abrazan a la esperanza de algún hijo que se va.

 Manos de mujeres que han parido la verdad.
 Manos de colores aplaudiendo algún cantar.
 Mano fuerte va barriendo pone leña en el fogón
 mano firme cuando escribe una carta de amor,
 manos que tiemblan,
 manos que sudan,
 manos de tierra maíz y sal,
 manos que tocan dejando el alma,
 manos de sangre de viento y mar,
 manos que tiemblan,
 manos que sudan,
 manos de tierra, maíz y sal,
 manos que tocan dejando el alma,
 manos de sangre, de viento y mar

sábado, 2 de febrero de 2019

Matilde, hija de la emigración


El pasado 13 de enero falleció mi prima Matilde Lascorz Lacambra. Había nacido en 1932 así que en marzo próximo hubiera cumplido 87 años,. Pertenecía a la primera generación de hijos del masivo éxodo migratorio de los pueblos aragoneses a Cataluña. Sus padre, Antonio Lascorz, era originario de la aldea de Tricas (hoy engullida por el bosque)  y se había  criado en otro lugar de Sobrarbe que hoy también está abandonado e igualmente confundido entre la maleza,  Lacort. Su madre, Rosalía Lacambra, era de casa Albañil de Troncedo  y siendo prácticamente una niña fue a servir a Barcelona. Ambos se conocieron allí, en el Centro Aragonés de la ciudad condal, lugar de encuentro dominical para todos aquellos aragoneses desplazados a la urbe. Matilde y su madre  vivieron la guerra civil solas en una portería de l’Eixample pues Antonio había sido movilizado  al  frente y después, hecho prisionero. Por si fuera poco, un hermano de su madre, el tío Miguel, cansado de una guerra que no entendía ni encajaba con su bonhomía natural, abandonó la lucha en el fragor de la batalla del  Ebro y fue andando hasta Barcelona, donde Rosalía lo mantenía escondido en la portería. Fueron tiempos muy difíciles, en los que más de una vez madre e hija tuvieron que recurrir a robar algo de comer por las huertas de las afueras de la ciudad. Precisamente la última vez que la vi, tuvo fuerzas para dar un paseo por las inmediaciones de su casa, en el Paseo San Juan, llegando justo hasta la esquina donde a principios de siglo XX se levantó la fábrica de automóviles Elizalde, que durante la guerra fue colectivizada y destinada a la fabricación de bombas de aviación. Allí nos recordó el miedo pasado durante los bombardeos vividos muy de cerca pues su portería hacía esquina con la calle Córcega, justo en la acera de enfrente de la fábrica, objetivo de la armada italiana que colaboraba con Franco.

A pesar de todas estas vicisitudes, mis tíos se labraron una vida y pudieron dar un  buen porvenir a su hija. Ella fue la primera mujer de la familia que estudió y que tuvo una carrera profesional, un hito que no puedo dejar de reseñar por ser el eslabón familiar que conforma la cadena de conquistas en la emancipación de las mujeres españolas  en el pasado siglo. Primero ejerció de comadrona para pasar después al laboratorio del Hospital Sant Pau donde desarrolló una larga trayectoria como analista. Fue una mujer muy activa y jovial, “de buena encontrada” como decimos por estos lares, activa e interesada en la cultura, la actualidad y la política hasta el último día.

Cataluña le dio muchas oportunidades a esta parte de la familia emigrada pero ellos también le aportaron toda una vida de sacrificio, esfuerzo y amor por la tierra de acogida, un intercambio común a todos los miles de emigrantes de Aragón y de otros lugares de España, décadas de simbiosis entre las personas y los territorios que duele mucho apreciar cómo obvian muchos discursos simplistas en la actualidad. Matilde era muy catalana pero nunca olvidó de donde venía y ha vivido estos últimos tiempos con la inquietud y el enojo con el que toda persona lúcida y bien informada  como ella podrá comprender fácilmente.

Conocida y apreciada, me consta, por todos los de Troncedo que acabaron recalando en Barcelona y que, con frecuencia, visitaban a sus padres para charlar animadamente sobre los temas y las personas de estos lugares de Sobrarbe. De paso también, aprovechaban para pedir consejo al Dr. Cebolla como cariñosamente se conocía a mi tío Antonio, por su sabiduría autodidacta en temas de alimentación y medicina natural. Matilde nunca perdió  el vínculo con el pueblo, la casa y la familia de su madre.

Descanse en paz, mi querida prima a la que tengo que agradecer el descubrimiento de muchos lugares y experiencias en mi vida. No recuerdo ahora el momento preciso pero estoy segura que la primera vez que vi el mar, lo haría de su mano y el primer baño en aguas mediterráneas, eso sí que lo guardo en mi memoria,  también fue en su compañía.



No te acerques a mi tumba sollozando.
No estoy allí. No duermo ahí.
Soy como mil vientos soplando.
Soy como un diamante en la nieve,
brillando.
Soy la luz del sol sobre el grano dorado.
Soy la lluvia gentil del otoño esperado
cuando despiertas en la tranquila mañana.
Soy la bandada de pájaros que trina.
Soy también las estrellas que titilan,
mientras cae la noche en tu ventana.
Por eso, no te acerques a mi tumba sollozando.
No estoy allí.
Yo no morí

Poema  que Matilde había enviado poco antes de Navidad a sus personas queridas. Una muestra de la lucidez y serenidad que mantuvo hasta el último suspiro.
Pilar C. Lacambra


martes, 27 de febrero de 2018

La fovana puede el doble. ¡Consigue tu chapa!


¡¡¡Consigue tu chapa!!!


Quien visitara Troncedo el sábado 17 de febrero tuvo ocasión de  compartir con nosotros la alegría y animación de la jornada carnavalera y comprobar cómo muchas de las mujeres del lugar quisimos aprovechar la ocasión para hacer un guiño solidario a la ola feminista que está avanzando por el mundo en defensa de los derechos de la mujer y en contra de la brecha salarial y la violencia generada por los patrones machistas. Nuestro gesto consistió en disfrazarnos de uno de los iconos feministas más conocidos, tal y  como ya hemos explicado en un artículo previo. El disfraz lo complementamos con chapas y pegatinas de una versión del póster de Rosie la Remachadora dibujada por una troncedana. Muchas personas os interesastéis por conseguirlas y, aunque en ese momento no teníamos más, ahora las hemos hecho y podemos facilitarlas a quien las desee. 

Pero queremos también explicar ese lema de "La fovana puede el doble" frente al "We can do it" del original. 

¿Por qué nos mostramos tan pretenciosas?  Es de sobras conocido que la capacidad de las mujeres para el trabajo es la misma que la del hombre cuando a la sociedad le interesa, como ocurrió sin ir más lejos con las Rosies durante la II Guerra Mundial, pero es discutida e incluso prohibida en épocas y lugares en donde  esa misma sociedad patriarcal no reconoce su derecho a la igualdad. Si nos fijamos en las mujeres de nuestro entorno, las fovanas, han tenido que superar más dificultades que otras para desarrollar sus capacidades profesionales y personales. Para empezar, no han tenido facilidad de medios y comunicaciones y no tienen los centros de formación a mano. Quien más, quien menos, se ha visto obligada a desplazarse (en muchos casos de forma definitiva) para conseguir sus objetivos, con toda la carga económica y emocional que ello conlleva. Casi todas se han visto obligadas a buscar desde bien jóvenes, trabajos y actividades que les aportaran algo de dinero para sufragar estudios y alojamientos y, por supuesto, ayudar en los trabajos de casa siempre que volvían al pueblo. Eso, referido a los últimos tiempos, a "los fáciles"; si nos remontamos a las generaciones  de nuestras madres, abuelas ... sabemos del gran esfuerzo y sacrificio que ellas tuvieron que desarrollar en sus existencias, pues además de los trabajos propios de su género, la crianza, el cuidado de la familia y las labores del hogar,  en estas casas de por aquí también tenían que compartir faenas del campo así como ocuparse de los animales. Y todo ello sin ningún reconocimiento social, ni siquiera tenían derecho a heredar los patrimonios aunque fueran las primogénitas, salvo en algunos casos excepcionales y siempre por interés de la continuidad del sistema. Estas realidades son las que nos han llevado  a introducir este eslogan de La Fovana puede el doble .

Cierto es que, por desgracia, no han sido las únicas mujeres sometidas a esta injusta distribución de roles añadida a las adversidades del medio en el que les tocó vivir y que todavía hay muchas mujeres en muchos lugares  del mundo que las siguen sufriendo y que tienen que esforzarse el doble y más que sus compañeros varones para acceder a los mismos puestos. Ese es uno de los grandes problemas de la humanidad, la injusticia con la mitad de su población. Y esos son los motivos que llevan a colectivos feministas de todo el mundo a convocar la gran movilización del próximo 8 de marzo para decir ¡Basta!. Por nosotras y por ellas.

Si vas a participar y solidarizarte con la Huelga del #8M y quieres lucir tu chapa de fovana, el domingo 4 de marzo, tendremos ejemplares a disposición de todas las personas interesadas en el bar de Troncedo a la hora del vermú (una buena excusa para disfrutar del paisaje) o puedes pedirlo en la dirección electrónica troncedana@gmail.com, apuntando un teléfono móvil al que poder llamar para ponernos de acuerdo en la entrega. 


1chapa+1pegatina, 1 € // 4 pegatinas, 1 €

martes, 13 de febrero de 2018

Carnaval'18 y cuestiones enigmáticas.

Un año más el Carnaval de La Fueva hace escala en Troncedo. Atentos a la hora (13:00) 

Muy buen momento para tomar un vermú ... ¡¡¡ de ALTURA !!



Y ahora unas preguntas enigmáticas ...

1. ¿Quién es Rosie the Riveter? 
2. ¿ Y qué tiene que ver con Troncedo y con el Carnaval de La Fueva?





Seguramente habréis visto miles de veces esta imagen de una mujer con pañuelo rojo y mono de trabajo, remangándose y mostrando músculos con un bocadillo que dice: We can do it!, y que a día de hoy es todo un icono del feminismo y del empoderamiento económico de la mujer, pero ¿ cual es su origen? 
Tenemos que remontarnos nada menos que a la Segunda Guerra Mundial, periodo durante el cual muchas mujeres remplazaron a hombres en sus puestos de trabajo en las fábricas, principalmente de la industria militar (aviones y armamento), para que éstos pudieran ir al frente. Hubo una campaña del gobierno de EEUU en la que se publicaron en prensa y otros medios muchas imágenes de mujeres trabajando en fábricas, con el fin de animar a más mujeres a trabajar en estos puestos.
La Rosie the Riveter que conocemos hoy, representa a todas las mujeres que durante la guerra trabajaban en las fábricas haciendo trabajos que hasta entonces habían sido realizados exclusivamente por hombres, y hoy en día a todas las mujeres trabajadoras. La mujer que aparece en el póster es en realidad una mezcla de muchas ‘Rosies’, nombre con el que se conocía a estas trabajadoras durante la guerra.
La primera vez que aparece el concepto ‘Rosie the Riveter’ fue en una canción escrita en 1943 en la que se hablaba se hablaba de una entregada trabajadora que ponía todo su esfuerzo para apoyar a su país durante la guerra. El nombre de la canción, ‘Rosie the Riveter’ (Rosie la remachadora), era el apodo de una mujer real llamada Rosie Bonavita, hija de inmigrantes italianos que trabajaba como remachadora en la división aérea de la General Motors en Nueva York.

¿Y quien es la Rosie del póster?
Rose (y su diminutivo Rosie) era un nombre muy común en aquella época (algo así como podrían ser aquí las María), pero curiosamente, la mujer que hizo de modelo para el famoso póster conocido Rosie the Riveter, no se llamaba Rosie, sino Geraldine Hoff Doyle, y tampoco era remachadora, sino prensadora. El póster fue creado por el artista J. Howard Miller en 1942, aunque se hizo verdaderamente famoso a principio de los 80s cuando el movimiento feminista norteamericano lo adoptó como un símbolo del feminismo y del empoderamiento de la mujer, símbolo que ha llegado hasta nuestros días.
De esta manera hemos respondido a la primera de las cuestiones planteadas. Para la segunda tendréis que acercaros el sábado a tomar ese vermú en Troncedo ...

ACTUALIZACIÓN 19/02/18


y es que ...





lunes, 5 de febrero de 2018

¿Sabemos lo que celebramos?

Hace ya dos años que dedicamos una entrada a la santa de este día, Águeda de Catania, en la que se expresaba cierta animadversión al simbolismo que hay detrás de su figura, no a la pobre niña, Agueda, Ágata o Gadea, si realmente llegó a existir allá en aquel lejano s. III y sufrir las vejaciones que contaron sus hagiógrafos.

Precisamente hoy, navegando por las aguas de Internet, hemos encontrado un artículo firmado por Carmen Romeo Pemán que lleva por título ¿Es Santa Águeda una santa feminista?, que complementa con mucho rigor la información citada anteriormente. Recomendamos vivamente entrar en el enlace y leerlo aunque no nos resistimos a copiar una buena parte del mismo:

(...) Con la llegada del cristianismo, las antiguas divinidades paganas se consagraron a las nuevas advocaciones religiosas, sobre todo a la Virgen y a los santos. En este tránsito de lo pagano a lo cristiano, santa Águeda fue una de las santas con mayor fortuna.
Patrona de las casadas. Como muchas de sus compañeras de altar, estuvo relacionada con las enfermedades de las mujeres. Por los rasgos de su biografía se convirtió en la protectora de las casadas, de las enfermedades de los pechos, de la lactancia y de los partos difíciles. El carácter de sanadora que se le atribuyó en el País Vasco la llevó a ser la patrona de las enfermeras.
Su papel era diferente al de su vecina santa Apolonia, patrona de las solteras y del dolor de muelas. Y compite con santa Bárbara en la protección contra los volcanes, los rayos y los incendios.
Abogada de la lactancia. Hasta mitad del siglo XX, las mujeres de clase alta dejaban la lactancia de sus hijos en los pechos de las nodrizas. Precisamente, para animarlas a que dieran de mamar, se crearon advocaciones de diosas y santas amamantando. Esta costumbre venía de lejos. En Egipto la diosa Isis daba de mamar a su hijo. En las catacumbas la Virgen amamantaba al Niño. En el Renacimiento y en el Barroco abundaron las Vírgenes de la Buena Leche. La Virgen fue un modelo, pero hubo santas que también favorecieron la lactancia. Sobre todo, santa Brígida, festejada el uno de febrero, y santa Águeda, el cinco. Se eligieron fechas cercanas para reforzar el mensaje.
Origen ancestral. Esta fiesta tiene muchos elementos de origen pre-cristiano. En España era frecuente mezclar los cultos celtas con los de importación romana. En la Edad Media, la Iglesia intentó suprimir las fiestas paganas. Pero, como era imposible desterrar unas costumbres muy arraigadas, las cristianizó y las llenó de un significado religioso. En santa Águeda confluyeron tradiciones matriarcales celtas con romanas. Es decir, en sus festejos hay elementos folklóricos más antiguos que la propia santa.
Y, por si fuera poco este sincretismo de elementos arcaicos, hoy andan revueltas santa Águeda, patrona de las casadas, y santa Apolonia, de las solteras. Esto es, andan mezcladas la fiesta de inversión de las casadas con la de iniciación de las solteras.
El mundo al revés. Estas celebraciones que ponían el mundo patas arriba eran necesarias para respetar y fortalecer el orden social. Consistían en dar el poder a los subordinados* un día al año, en permitirles que se desahogaran con expresiones satíricas y burlescas. Y debajo de la alegría desbordante, latía la condición tácita de que el resto del año volverían el orden y la subordinación.
En la Edad Media la Iglesia controló estas fiestas, las santificó y les adjudicó un patrón. En ese reparto, como acabamos de ver, a santa Águeda le correspondió la fiesta de las casadas. Para asegurar y reforzar el papel de superioridad de los varones, era importante que un día al año las mujeres desahogaran y anularan sus deseos de mando, de forma colectiva.
Para terminar. Al principio santa Águeda era solo patrona de las casadas. Cuando se vaciaron los pueblos y se perdió la fiesta de santa Apolonia, patrona de las solteras, santa Águeda se quedó con todas. Y esto no fue bueno para las mujeres. Desde entonces resulta más fácil controlarnos juntas. (...)
 * En las Lupercales romanas, fiestas dedicadas al fauno Luperco, los esclavos se disfrazaban imitando el atuendo de sus señores mientras éstos se disfrazaban de esclavos. Era el mundo al revés en el que predominaba la extravagancia, la licencia y la locura. Pero, como con las mujeres, sólo un día al año. Era la manera de garantizar que el status quo se mantendría imperturbable el resto de los días del año. Así que, si no habéis hecho caso y no habéis leído el artículo de Carmen Romeo, terminaremos éste, con la respuesta a su pregunta que ella da ya al principio: No, Santa Águeda no es feminista. Como ya se ha dicho, es precisamente la garante del mantenimiento del sistema patriarcal durante todo el año. Así que, quien  quiera celebrar la fiesta, que la celebre pero sabiendo lo que celebra. A mí que no me feliciten. Sobre todo por respeto a mis antepasadas, las que tuvieron que someterse al destino que el patriarcado, sustentado por  la Iglesia y la tradición les tenía diseñado desde la misma cuna.



sábado, 15 de agosto de 2015

Mujeres rondaderas

Aunque por algunas fotos puediera parecer que lo de la ronda es cosa de hombres, tenemos que precisar que las mujeres también forman parte activa y protagonista de la jornada. Por un lado, la guitarra y la voz de Monse Rami no dejó de acompañarnos en toda la velada del pasado lunes 10 de agosto. Por otro, no hay que olvidar tampoco que las mujeres son protagonistas de la mayoría de las canciones y coplas de ronda y no sólo como cortejo, asunto habitual en estos casos, sino también para celebrar o recordar otros acontecimientos ocurridos en el año. Además, incluso hubo alguna atrevida que, a estas alturas de la película, ha sacado del fondo de su alma algún "gen" escondido de sus raíces familiares aunque, lamentablemente, en este caso sus dotes han degenerado en relación con lo que se cuenta de su abuelo; en fin ... corramos un tupido velo.

Sin embargo sí que es digno de destacar el momento en el que las zagalas respondieron a la llamada de Iñigo y se animaron a cantar la versión en femenino y troncedano de la célebre jota chesa S'a feito de nuey. Una interpretación improvisada que dio fe de las buenas y prometedoras voces de Gloria, Irene, Luz y María  en la que, conforme iban avanzando en la canción, se iban haciendo con ella de tal manera que la culminaron con una fuerza y pasión digna de profesionales.

Felicidades, zagalas, y muchas gracias.


Ya se mete el sol
 detrás del tozal
Viene t’a la era,
 no tardes, zagal.

Chúntate con yo,
te quiero abrazar,
p’a que naide mire
viene  t’al pajar.

Si tu a yo me quiés
tuya me tendrás.          
Cosa mala  femos
y culpa no hay.

Escuita, zagal
les en de decí,
que si no mos casan
mos en de marchá.

Dicen qu’una moza
bien s’ha de casar;
si no ye contigo,
con ninguno más.

Aunque seas pobre,
rica me farás.
Aunque seas pobre,
rica me farás

Ya se mete el sol
 detrás del tozal.
Viene t’a la era,
 no tardes, zagal.


jueves, 30 de julio de 2015

A la sombra de la montaña

A LA SOMBRA DE LA MONTAÑA

(reproducción íntegra del artículo publicado en la revista digital http://zgrados.com)

24 julio, 2015//Belén Remacha

Luisa y Manuela son las protagonistas de “Las faldas de la montaña”, un documental escrito y dirigido por la periodista Belén Ciutad. Ellas representan a las miles de mujeres que nacieron en las comarcas de Sobrarbe y Ribagorza durante los años 30 y 40. Mujeres y rurales, doblemente invisibilizadas. Siempre a la sombra de la familia, del marido, de los hijos, del trabajo, de la montaña.

Cuando el párroco de su pueblo le pidió a Luisa que leyese esa mañana en misa un pasaje del Nuevo Testamento, ella le contestó que lo sentía, pero que se le habían olvidado las gafas de ver en casa. Era sólo una excusa: Luisa no sabe leer.
Luisa es una de las dos protagonistas del documental Las faldas de la montaña, escrito y dirigido por la periodista Belén Ciutad –Graus, 1988-. Luisa es también una de las miles de mujeres nacidas en el Pirineo, concretamente en el Sobrarbe y la Ribagorza, en las décadas de los años 30 y 40. En realidad,todas las mujeres nacidas en el Sobrarbe y la Ribagorza en las décadas de los años 30 y 40 son las protagonistas de estos 45 minutos. Mujeres y rurales, olvidadas por partida doble. Belén lo rodó todo en noviembre de 2014, con el objetivo de que llegara a tiempo para entrar a concursar en el Festival Internacional de Documental Etnográfico de Espiello. Y llegó. Por el camino, Belén encontró vidas de mujeres que durante toda su vida han vivido a la sombra de sus maridos, de sus hijos, de sus casas. A la sombra de la montaña. Su inspiración fueron sus dos abuelas, las personas, dice, que más le han marcado en su vida. ¿Qué más le llevó a plasmar la vida de Luisa, de Manuela, y de tantas otras? “Ser mujer, ser rural, y haber vivido en mis carnes lo que todavía creo que hay que superar. Las barreras, los estereotipos, que en las zonas de alta montaña siguen mucho más acentuados. Como lo típico de que si en casa tenemos tierras, tú no te vas a ir a labrar, que para eso está tu hermano”.
Belén Ciutad
Belén Ciutad
El proceso de documentación fue sencillo: a más de veinte mujeres se les pasó un mismo cuestionario, y se grabaron en voz sus respuestas; se recopilaron muchas fotos prestadas; y a dos mujeres, Luisa y Manuela, se les entrevistó delante de la cámara. Esto último no es sencillo: “primero por la vergüenza, que la tienen muy acentuada. A la mayoría no les gusta verse en fotos, se ven mayores. Por eso les pedí una foto de antes y una de ahora; la de antes te la dan con todos los amores del mundo, la de ahora no tanto”. Ante todo, Belén quiso retratar, más allá de la guerra, el poder o el trabajo, aquello que es tan simple pero tantas veces ha sido invisibilizado: lo que ellas sentían. Es por eso la importancia del amor en el documental. De entre las preguntas del cuestionario que pasaba a todas las encuestadas, hubo una respuesta que por la casi unanimidad le llamó la atención: no se casaron por amor. “Yo sabía que había casos y que no eran aislados, pero no pensaba que tantos”. En la mayoría de los matrimonios, el cariño y el amor, si es que llegaban, lo hacían mucho después de la boda. En no pocos casos, lo que llegaba tras la luna de miel (o ya durante) era una vida de malos tratos amparada por la Ley de Abandono del Hogar y por el silencio familiar y del pueblo.
La noche de bodas. Otro tema espinoso que Belén no quiso esquivar fue el sexo. El miedo con el que lo afrontaban y el descubrimiento muchos, muchos años después y en algunas ocasiones a través de una pantalla de cine o de televisión de todo un mundo diferente a lo que habían conocido es otro denominador común para esta generación. La dominación del hombre y la inexistencia de control sobre su propia reproducción, también. Sin embargo, Belén no quiso ahondar demasiado en el tema ya que la vergüenza y el pudor también afloran cuando se trata: “no queríamos que lo pasasen mal, que no les quedase mal sabor de boca ni a ellas ni a su familia”. Quisieron hacer algo, ante todo, alegre, que al verlo ni les avergonzase ni les entristeciese, “sobre todo por ellas, si les damos un documento con el que van a llorar, encima de que han sufrido y han vivido todo en sus carnes…”, me señala Ruben Mur, encargado de la preproducción, postproducción y mano derecha de la directora durante todo el proceso. El tercer vértice es Sandra Ros, prima de Belén y muy involucrada en las labores de documentación.
En sus muchos pases por los pueblos de a redolada (como el que tiene lugar en Troncedo, aldea del Sobrarbe en la que nos encontramos) los comentarios de las mujeres mayores siempre son los mismos, me cuenta Rubén: nos dicen que ellas esto también lo han vivido, que a ellas esto también les ha pasado. Tienen la sensación de haber creado un humilde retrato de todo un colectivo. Una pequeña crónica que narra el cambio de la vida de las mujeres rurales que nacieron en la década de 1930 hasta hoy. Cómo ha sido ser una mujer rural en el siglo XX. El documental sigue una secuencia lineal que va avanzando por todas las etapas de la vida: infancia, escuela, matrimonio, casa, hijos… Y después ya, tercera edad. Esta sucesión en la conversación con Luisa y Manuela sólo se rompe con las recreaciones que rodaron interpretadas por ellos mismos y sus familiares. Escenas crudas, pero mucho menos que la vida real. En una de ellas, una joven se esconde debajo de la cama cuando llegan a su casa para desposarla con su futuro marido; tras un buen rato, su hermano le da un ultimátum para que aparezca por el salón. En la historia real en la que está basada, el padre acabó arrastrando de los pelos a la aterrorizada moza para que hiciese lo que todos esperaban de ella. Como estos testimonios, cientos. “Muchas me decían que ir a la casa del marido cuando te casabas era lo peor que te podía pasar. Porque eras una criada, y la familia de tu marido te recordaba día a día que aquella no era tu casa, que te habían recogido de la calle, y que fueras agradecida”. Manuela habla en algún momento de esos 45 minutos de sentirse persona. Durante mucho tiempo, no supo lo que eso significaba.
Mujeres del Pirineo, tras las faldas de las montañas
Mujeres del Pirineo, tras las faldas de las montañas
El proyecto de Belén y Rubén no se queda aquí. “Ahora vamos con Las faldas de Aragóna dar voz a las mujeres de Huesca, de Zaragoza y de Teruel, en concreto de los núcleos más empobrecidos, pequeños y de difícil acceso. Vamos a escucharlas, porque tienen mucho que decir”. Quieren abarcar, además, más generaciones: ver qué aspectos han cambiado y qué opresiones perduran en la vida de las mujeres rurales aragonesas. Quieren ligarlo con la pérdida del aragonés como lengua. Y no es un tema trivial ni casual. Luisa, durante el documental, emplea una mezcla de aragonés, catalán y español. Es así como ella sabe hablar. “Le dijimos que no se preocupara, que la entendíamos, que si era necesario la subtitularíamos, pero que hablase como supiese y como le saliese”, me explica Rubén. El aragonés ha sido siempre la lengua de casa, es decir, cosa de mujeres. Los hombres se iban a la ciudad a trabajar, hacían negocios, viajaban y tardaban tres días en conocer a los hijos. Sabían hablar español. Ellas, lo aprendieron por la necesidad que les creó la emigración o la viudez (o en algunos casos, el irse a servir de criada desde niña). La lengua de casa se quedó en casa, por imposición franquista, por vergüenza, y tal vez también por machismo.
Las vielas de Campo (municipio ribagorzano del que procede Luisa) es un juego de bolos al que sólo juegan mujeres. Un espacio para ellas que la tradición creó, como en otros pueblos, a la vez que eran expulsadas de tantos otros masculinos (el campo, la cantina, la escuela). Una microsociedad femenina que, mirada con los ojos del siglo XXI, está llena de sororidad. Basta con escuchar, mientras aún podamos, de qué tratan costumbres como esta para entender cuánto nos tienen que enseñar. La recuperación y revitalización de nuestros pueblos ha de ir pareja al empoderamiento, visibilización y ruptura de estereotipos. Las faldas de la montaña las llevan nuestras abuelas.

domingo, 28 de junio de 2015

Las faldas de la montaña


En la XIII Jornada Cultural de Troncedo contamos con la presencia de la joven periodista de Graus, Belén Ciutad, que es una de las responsables del proyecto audiovisual Las faldas de la montaña:
Pase del documental “Las Faldas de la Montaña”
“Corrían los años 30 y la precariedad, la inestabilidad política –en el conjunto del Estado español- y el analfabetismo hacían mella en toda la sociedad española. Las desigualdades y el subdesarrollo se agudizaban en todas las zonas rurales, pero todavía más, a medida que se ascendía hacia aquellos municipios montañosos (muy poblados entonces) donde los terrenos abruptos hacían escasear los accesos favorables y las comunicaciones. Centrándonos en las comarcas oscenses de Ribagorza y Sobrarbe, y en sus núcleos más castigados por las dificultades del terreno, hemos querido rescatar los testimonios de aquellas mujeres que nacieron en el periodo de 1928 a 1936. Una época en la que, a la dureza de la vida esclava en el campo, se le sumó una guerra y una fatigosa posguerra. Un periodo en el que el hecho diferencial de nacer mujer suponía aún más inconvenientes por su supeditación al hombre (al padre, a los hermanos, al marido) y en el que el arraigo a las tradiciones (el luto, la pureza de la mujer etc.), aunque poco a poco fueron desapareciendo, condicionaron totalmente el modo de vida de estas mujeres. Hemos querido saber cómo eran sus vidas y rutinas, sus alegrías y sin sabores, para poder así comprender mejor la evolución que han sufrido las vidas de las mujeres de estos núcleos montañosos hasta nuestros días”. 

Tal y como se pudo comprobar en el coloquio posterior al pase, los testimonios de las dos mujeres protagonistas del documental coincidían al cien por cien con muchas de las vivencias de nuestras madres y abuelas. Impresionante la reflexión de una de ellas cuando, recordando cómo era su vida a la luz de los tiempos actuales, decía aquello de "Ahora las mujeres son PERSONAS, entonces éramos ESCLAVAS" 

Un buen trabajo el de Belén Ciutad que nos confesó haberlo hecho con una cámara de fotos ordinaria y a toda velocidad de grabación y edición. El segundo proyecto de este tipo en el que ya está embarcada y, al parecer con un poco más de recursos económicos y técnicos, habrá que traerlo también a Troncedo.

Dibujo de Paco Sierra


martes, 3 de febrero de 2015

Olor de santidad y alienación

Señorita, ¿tú vas mucho a Misa, verdad? Eso me preguntaba hace algunos años una chavalilla. Sin duda se había forjado cierta imagen beata de mi persona quizás por mis frecuentes referencias al santoral así como a las citas evangélicas, consecuencia de una educación sesentera en colegio de monjas y de los calendarios de aquellos tiempos en los que se recordaba ineludiblemente el santo del día, además, por supuesto, de las tradiciones y costumbres de mi entorno familiar y social.

 Quizás también si alguien se fija en los variados artículos de este blog dedicados a santos y festividades religiosas puede crearse la misma falsa imagen de mis devociones particulares. Sin embargo, si las lee con atención, no tardará en descubrir que, las más de las veces, detrás del santo o celebración, me esfuerzo en hacer referencia a los vínculos de dichas fiestas con anteriores tradiciones hundidas en la noche de los tiempos y fuertemente vinculadas con los ciclos de la naturaleza. Es el caso, por poner un ejemplo, de las recientes fiestas de los santos barbudos, celebrados generalmente prendiendo grandiosas hogueras que con luz y calor conjuran la oscuridad y el rigor invernales. Pero, mire Vd. que, entre barba y barba, la Santa Madre Iglesia se empeñó en su día en colarnos una intrusa.  Y que conste que no tengo nada en contra de la pobre Agueda de Catania, una víctima más de lo que en estos tiempos hubiéramos calificado sin duda como violencia de género, y que la hagiografía ha revestido de martirio y olor  a santidad. Mi rechazo es hacia el hecho de que se hiciera de ella “patrona de las mujeres”, símbolo y estandarte precisamente del sometimiento al que se las ha condenado secularmente en las sociedades cristianas y patriarcales de este país. Consagrando con la celebración de  “el día en el que mandaban las mujeres” la persistencia de los 364 días restantes del año en los que  se las recluía en el servilismo y la alienación.

Como dicen, con más gracia y más ritmo, los de la Ronda de Boltaña: 

¡Echa la cuenta, zagala, echa la cuenta 
de a cuanto sale el pizco que hoy te dejarán dar!: 
Trescientos sesenta y cuatro días 
serán otros los que pizcarán. 


jueves, 25 de septiembre de 2014

Feria de San Miguel. Sanmiguelada


La Feria de San Miguel es considerada una de las más antiguas de Aragón. Su fecha de concesión data de 1201, privilegio que concedió el rey Pedro II al abad de San Vitorián, trasladando a Graus la que solía celebrarse todos los años en el monasterio de San Pedro de Tabernas. La feria duraba 10 días, comenzaba tres días antes de San Miguel; es decir el 26 de septiembre y finalizaba el 5 de octubre. En esos días acudían a Graus numerosos tratantes, ganaderos de toda la zona y de toda España, para la compra y venta de los caballos; porque decían que “era muy bueno el ganado que se vendía en Graus”, convirtiéndose en una feria puntera, que incluso llegó a dictar el precio y el peso para la comarca.
Hasta bien entrada la década de los sesenta del siglo pasado, la feria de San Miguel era una cita para los tratantes de ganado, para agricultores y ganaderos de la región, y para los compradores de caballerías, así como para los patrones que buscaban criados o viceversa, criados que querían cambiar de amos. Por eso se conocía también como “la feria de los amos”

Sufrió un retroceso tras la llegada de la maquinaria agrícola al campo, a causa de la consiguiente desaparición de las caballerías para las faenas. Pero si algo la ha caracterizado, es que no ha perdido el carácter comercial, de ahí su celebración ininterrumpidamente del evento. Además no sólo sirvió como motor de exposición comercial, sino que también dio pie a la creación de nexos personales entre diferentes comarcas y sus gentes.Por todo ello, el Ayuntamiento de Graus en el 2001, coincidiendo con el 800 aniversario de su concesión,  llevó a cabo la reedición de esta significativa muestra caballar y mular. Con la modernización del certamen a los tiempos, se enfocó hacia el ocio y el turismo como elementos principales, sin olvidar el carácter comercial con la compra-venta de ejemplares. Y tras ocho ediciones la feria se ha consolidado como una actividad más dentro del calendario festivo de la localidad.


Sanmiguelada. En relación con la costumbre de contratar sirvientes en estas fechas he encontrado un artículo muy interesante en el blog Contando cosicas de Aragón que paso a transcribir:

 San Miguel fue erigido patrón de las localidades donde convivían cristianos, moriscos y judíos, hasta la expulsión de nuestro país de estos dos últimos, ya que el arcángel aparece en los libros de las tres comunidades. El Santo tiene dedicadas diversas ermitas y parroquias en todo Aragón. Para San Miguel Arcángel (29 de septiembre) terminaba el ciclo agrícola o el año laboral y, así, los jornaleros finalizaban el contrato con sus amos o lo renovaban por un año más. Era la "sanmiguelada", fecha en la que se ajustaban las cuentas del año y se decidían para el siguiente.



Coincidía este día con el repaso de cuentas en las casas, con el ajuste de mozos y sirvientas, la renovación de médicos, farmacéuticos… era algo así como el balance de ingresos después de los gastos onerosos que imponía la recolección, entre fatigas, sudores y lágrimas… Era el día de San Miguel, “revolvedor”, en que la casa de labrador, asalariaba su servidumbre para el año próximo; firmaba el contrato de arriendo de sus domicilios o de sus tierras; vencían los pagaré, el préstamo o la hipoteca; y en dicho día se celebraba en muchos lugares, la feria de la servidumbre, a donde concurrían de casi todos los pueblos de la montaña y donde se celebraban ajustes y buscaban criados, como si se tratase de un mercado de ganado. Una feria de este tipo muy importante se daba en el lugar de Graus.



La llegada de San Miguel suponía un verdadero trasiego de gente joven de ambos sexos; servían en casas de labranza en los pueblos, y en la ciudad como doncellas, cocineras, o niñeras. Los asalariados se vinculaban a las casas, por espacio de una añada, de sanmigalada a sanmigalada, que era la fecha crucial del calendario agrario y el hito temporal de renovación o rescisión de los contratos entre amos y jornaleros. En general esos contratos eran de carácter verbal, en los que la dieta de los jornaleros era muy importante, y ésta se constituiría en uno de los factores de descontento de los jornaleros, ya que muchos de ellos se contrataban poco más que por la comida. La sociedad montañesa era eminentemente autárquica y la circulación del dinero estaba en estado muy embrionario. El refranero popular, hace gala de un enorme sentido irónico: "¡Ya van en menos las malas, que me quedan once meses y tres semanas!” Este axioma popular ha quedado como patrón definidor de las servidumbres sacrificadas. Estar hastiado del comportamiento del amo a la primera semana del contrato es harto significativo. La abstinencia de los jornaleros es un hecho muy divulgado por toda nuestra tierra. Dado el alto índice de testimonios orales, no podemos negar que la frugalidad no estaba exenta en la dieta alimentaria tradicional. El patrimonio y el gobierno doméstico tenía en la virtud del ahorro, una conducta de ejemplaridad. A veces la acción de ahorrar rayaba en la cicatería y en el egoísmo. Y de ello dejaron constancia los peones.



Eran también fechas de retorno de los pastores de las montañas para los que la climatología impedía continuar en los valles pirenaicos, y era el momento de regresar a la tierra baja, a los pastos de invernada. Este descenso se realizaba, en ocasiones, de forma escalonada. En Ansó, las ovejas subían a los puertos el 10 de julio y permanecían en ellos hasta el 29 de septiembre”

Leyendo estas líneas he recordado una anécdota que me contó mi tía Rosalía que de niña, tendría 9 o 10 años a lo sumo, fue llevada a servir para la sanmiguelada a una casa de Ligüerre donde la hacían trabajar de lo lindo y la malalimentaban. Pasado el año, la criatura sacó fuerzas para enfrentarse al amo, pedir le la cuenta y decirle que se marchaba porque no le gustaba estar allí. El amo le contestó que podía marcharse como había venido, que el sueldo ya se lo había cobrado su padre en aceite en la feria de Graus del año anterior. La historia no termina aquí puesto que, con un hatillo en el que envolvió sus pocas posesiones, se marchó (andando, por supuesto) hasta Troncedo, encontró a su madre con otras mujeres “filando” en la placeta y lo primero que le espetó fue que qué mala trabajadora debía ser cuando la habían echado. Me parece un testimonio desgarrador del desamparo y la dureza de la vida para las niñas campesinas de aquellos principios del siglo XX en estos pueblos. Siempre que tengo ocasión traigo al recuerdo estas realidades, creo que es el mejor homenaje que puedo hacer a mis antepasadas, dejar fe de la dureza de su origen para poner en valor cómo supieron sobrevivir y adaptarse a los nuevos tiempos con el firme propósito de mejorar el destino de sus hijas.