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lunes, 2 de septiembre de 2013

Libros de aquí y de allá




Cuando una joven compañera me recomendó este libro no podía adivinar hasta qué punto iba a interesarme. No es la típica lectura que me gusta emprender en verano, me inclino más por novelas gruesas y densas que abundan en personajes apasionantes  y en tramas entrelazadas de tal manera que te “enganchan” sin encontrar el momento de abandonar la historia, ya sea a costa de robar el espacio a la deliciosa  siesta veraniega o las horas al sueño nocturno. Son ese tipo de lujos que sólo se pueden alcanzar  en vacaciones, libres de horarios y obligaciones ineludibles. Pero “Los desorientados”, título que encierra sutilmente un doble sentido, no es precisamente ese tipo de novela, no se puede leer ligeramente. Exige una concentración  y un ritmo pausado que permita asimilar y digerir las  profundas reflexiones que el autor va dejando caer. Lo que parecía una trama  más o menos previsible de  un grupo de amigos que se reencuentran después de los años, con las correspondientes  dosis de nostalgia, afectos y desafecciones, cuentas pendientes por cerrar  y diversas peripecias vitales marcadas por la guerra, se transforma en muchos pasajes en un lúcido ensayo  sobre las claves del mundo actual, los fundamentos históricos y azarosos que nos han llevado a donde estamos y en  una inquietante premonición de lo que este siglo XXI nos depara. “El siglo XX ha sido el de las monstruosidades laicas; el siglo XXI, será todo lo contrario, la vuelta al palo (…) El comunismo sometió a los hombres en nombre de la igualdad; el capitalismo los somete en nombre de la libertad económica”. Menos mal que en algún momento de la lectura, el autor también nos reconforta con otra cita: “Más vale equivocarse en la esperanza que acertar en la desesperación”, ¿quizá porque está deseando profundamente no acertar en sus vaticinios? Por si todo esto no fuera bastante, también el libro es un buen tratado sobre la infancia perdida y las sinceras amistades capaces de resistir los embates de la distancia, el tiempo y la decepción sin dejar de apuntar algunas reflexiones sobre otros aspectos de la condición humana.
Llegados a este punto alguien estará pensando qué relación tienen este libro y esta reseña  con Troncedo, aparte de que haya sido el entorno en el que se ha abordado su lectura. Pues tienen mucho que ver. Primero, porque aunque la historia se desarrolla en un lugar de Oriente Próximo que, por cierto, no se nombra en las más de 500 páginas de texto, los temas que aborda son de orden mundial y todos los que habitamos bajo las tejas de los tejados de este planeta llamado Tierra nos vemos y nos veremos directamente “tocados” por los conflictos políticos y religiosos que se tratan; y segundo, más trivial pero muy cercano, tiene que ver con algunas conversaciones mantenidas en las tertulias veraniegas de por aquí, en las que uno de los temas recurrentes suele ser la relación entre algunos de los habitantes de hecho de nuestros pequeños pueblos (los nuevos pobladores) y los que nos consideramos habitantes de derecho, por descender precisamente de los antiguos pobladores, aunque la realidad sea que aparecemos por aquí sólo en vacaciones y fines de semana.

En la página 403 se puede leer un consejo  que no me resisto a copiar literalmente:
“Cuando estás afincado en un pueblo, vale más no dar impresión de autarquía y de que no se necesita a nadie. Porque en tal caso enseguida se hace uno enemigos y tiene mala reputación. A la gente le entran, forzosamente, curiosidad y cierta desconfianza cuando se entera de que han venido a instalarse cerca de ellos unos forasteros. En un pueblo enseguida se pone en marcha el molino del chismorreo. Que esa buena mujer, Olga, tenga las llaves del monasterio, venga aquí de vez en cuando con su marido o con su hija, o con su hermana, o con una vecina, lo cambia todo. También nos hace los recados. Las personas de los alrededores – los granjeros, el tendero de ultramarinos, el panadero, el carnicero- están convencidas de que nuestra presencia es una bendición, y no sólo porque recemos por ellas.
Este principio lo aplicaba ya en la época en la que me encargaba de obras públicas. Cuando llegábamos a una ciudad pequeña, quienes llevaban la gestión del proyecto intentaban a veces explicarme que sería más práctico y más barato traérnoslo todo nosotros. Y yo, en todas las ocasiones, les decía: ¡No! ¡Id al mercado, comprad todo lo que haga falta y no os andéis con regateos en el precio! La gente tiene que consideraros un chollo y echaros sinceramente de menos cuando os vayáis.”
Estas palabras las dice un antiguo ingeniero de éxito reconvertido en monje de un monasterio cristiano ortodoxo perdido entre las montañas de algún lugar del Líbano pero ¿a que bien podrían haberse pronunciado en la terraza del bar de Troncedo mientras esperamos la puesta de sol con una cerveza en la mano? Es una de las grandes virtudes de los libros, descubrirnos que, a pesar de las diferencias culturales geográficas y temporales, todos somos muy parecidos.

 “Los desorientados”, Amin Maalouf, Alianza Literaria

En Troncedo también andamos un poco "desorientaus" de tanto mirar a occidente

martes, 27 de agosto de 2013

Polémicas y sentimientos

El pasado fin de semana, José Mª Ariño, alcalde del Valle de Lierp, más conocido entre nosotros como Pepe de casa Viu, ha protagonizado un pequeño terremoto mediático aragonés. El bueno de Pepe consiguió que el Museo de Lérida  cediera durante los días de las fiestas las dos pinturas de la iglesia de Egea que actualmente se conservan en dicho Museo y que forman parte del conjunto  de bienes procedentes de parroquias aragonesas que son objeto de litigio entre los Gobiernos de Aragón y Cataluña. Ha habido opiniones de todo tipo, incluso se ha acusado a Pepe de vulnerar la normativa vigente para este tipo de cesiones.
 
 En realidad, lo que han hecho en Lierp es lo mismo que hicimos nosotros en el año 2007, con motivo de la restauración de la Iglesia de Sant'Angel, darnos el gusto de colocar "los santos" del lugar  en su ubicación original, aunque sólo fuera por unas horas. Es un gesto de mucho significado y emoción para la mayoría de los vecinos y no sólo por motivos religiosos, hay muchos otros sentimientos que se agolpan: el reconocimiento del gran esfuerzo realizado en su tiempo para conseguir albergar estas pequeñas obras de arte, el respeto por la devoción de los antepasados, el acto simbólico de reconocimiento de propiedad de las obras ... 

 La única diferencia es que las imágenes de Troncedo estaban depositadas en el Museo de Barbastro (Aragón) y los cuadros de Lierp en el Museo de Lérida (Cataluña) y en  este asunto "de fronteras" sí que existen otros intereses más oscuros. Puestos a elegir, yo me quedo con la satisfacción de los vecinos que pudieron contemplar durante esos dos días "sus" pinturas en "su" iglesia. Igual que nosotros. Todo mi afecto para Pepe y los vecinos del Valle de Lierp.
Una de las pinturas expuestas: Jesús curando a un ciego, de autor anónimo